
Mañana a las 6:30 de la mañana se cumplen cuatro semanas desde que recibí la llamada.
"Pasó lo que tenía que pasar", fue lo único que atinó a decir quién me comunicó la muerte de mi papá.
He dedicado mi vida profesional a estudiar y a enseñar ciencia, a tratar de ser racional hasta los huesos y entender que la muerte es el fin de un proceso llamado vida, pero también he dedicado mi vida adulta a luchar por no caer en la depresión. A veces me he dejado vencer, a veces he vencido. Han habido veces en que hubiera querido creer en un dios para sentir menos dolor, han habido veces en que he pensado dejar todo y empezar de nuevo en otro lugar y hasta con otro nombre y, ¿porqué no decirlo?, he pensado hasta en matarme para terminar de una vez por todas con todo. Pero algo me ha detenido siempre: no creo en dios porque no le encuentro lugar en mi vida, ni en la profesional ni en la personal, no me he mudado de ciudad o de país o de planeta ni cambiado mi nombre porque no puedo negar ni quién soy ni lo que soy, además de que me siento orgulloso de ambas cosas y no me he matado porque creo que es un acto egoísta y cobarde y no fui educado para ser ninguna de las dos, al contrario. El legado que me dejaron mi papás ha trascendido no sólo en mi vida sino en la de mi pareja, en la de mis amigos, en la de mi familia y hasta en la de mis alumnos. Fui educado para ser honesto, honrado, trabajador, responsable y hasta un poco maníaco en cuanto al orden. La neurosis y la impaciencia son meras creaciones mías.
Qué difícil me han resultado estos días en que extraño a mi papá a pesar de que nos pasábamos la vida discutiendo. Ahora resulta que hasta la tan esperada discusión de todos los años ("¿y dónde vamos a pasar navidad?") me va a hacer falta. Ya no recibiré sus llamadas el día de mi cumpleaños, ni me sentiré protegido en sus brazos cuando me abrazaba y me decía "Te quiero mucho hijito"..."pero eres muy necio", ya no recibiré sus llamadas el día de mi santo, ni el día del maestro cuando me felicitaba y me preguntaba que si mis alumnos me habían dicho algo al respecto, ya no recibiré regalos de parte de él, generalmente ropa que nunca me quedaba o no me gustaba. En fin, que mi vida ha cambiado desde que se fue, desde que lo mató, no el tumor que le diagnosticaron, sino la terrible depresión en que vivía desde que mi mamá se murió hace casi 26 años.
De mi papá puedo decir cosas maravillosas: lo que fui, lo que soy y lo que seré se lo debo en gran parte a él. Nunca estuvo de acuerdo en que estudiara ciencia, a él le hubiera gustado que yo hubiera sido médico, o comerciante como él, pero ¿quién me manda sentir un amor irresistible por la física y ser una bestia para los negocios?. Le chocaba mi modo de vestirme, los cigarros que fumaba, la cantidad de cafeína que me metía para aguantar las chingas de la facultad, la cantidad de libros que leía o las películas "raras" que veía. Le reventaba que me pasara toda la tarde tratando de resolver un teorema o aplicarle las leyes de la termodinámica a un problema que tenía que entregar al día siguiente, le molestaba sobremanera que no llegara a dormir por estar en casa de algún amigo haciendo un trabajo o un reporte de laboratorio en la computadora. Todos los días me echaba una letanía acerca de mi carrera y mi futuro profesional. Cuando íbamos en el coche y me ponía mi walkman se enojaba porque pensaba que ya no quería convivir con él ("ya te vas a poner tu "mevalemadres""). Y sí, muchas veces me dijo cosas hirientes que me dolieron mucho, se metió en mis relaciones de pareja, nunca le interesó demasiado mi vida ni que buscaba yo de ella ni cómo le pensaba hacer para encontar eso que buscaba. Hoy entiendo que en realidad nunca visitó mi mundo, sólo lo veía de lejos y no le gustaba lo que veía. Sin embargo, nunca jamás me prohibió algo y se que aunque nunca me lo dijo, estaba orgulloso de mí y de lo que yo hacía (sus amigos me lo confesaban). Aun recuerdo el día en que dí una plática en el CELE acerca de la astronomía árabe en el siglo XI, hasta de traje se vistió y aunque lo único que me dijo fue "qué bonita plática", cuando llegó al club libanés le dijo a sus amigos que casi casi me habían nombrado emérito de la UNAM después de la ponencia. Aun antes de morir me dijo que quería que le regalara un libro "¿Cuál quieres pá?" le pregunté, "Pues uno de esos que escribiste" y se refería al libro de texto de física para secundaria que me costó cinco semanas de sesiones de dieciocho horas frente a la computadora. Aun cerca de la muerte se acordaba.
Ahora que tuve que vacíar su departamento me encontré una caja de papeles...con todas mis boletas y las cartas que le escribí y que pensé que no les había dado importancia, recaditos y miles de cosas que guardaba en una caja especial y la verdad es que me sentí una mierda de persona, pero ¿cómo adivinar lo que guardaba?. A pesar de haber estado ausente durante mi infancia, después de la muerte de mi mamá, no le cambiaría a nadie mi vida porque ese papá que tuve, con todos sus defectos, manías, gritos y sombrerasos, fue el mejor que pude haber tenido. Simplemente vivía deprimido y no le encontró sentido a la vida sin mi mamá.
Pero así como en la foto, en que la muerte vigila el libro de la vida mientras nos movemos sobre él, yo voltearía hacia ella y le pintaría un dedo del tamaño del mundo, ya que hasta eso me enseñó mi pá mientras moría aunque no se haya dado cuenta: a no vivir deprimido.
Siento mucho dolor pero como me ha dicho mi querido amigo Ulises: "El dolor siempre existirá, el sufrimiento depende de tí".
Ahora me toca vivir sin él y pienso hacerlo honrando su memoria, tratando de olvidar los malos momentos y acordándome siempre y solamente de los buenos. A fin de cuentas, él trató y no pudo, pero me dio todas las armas para que yo si pueda hacerlo. Se que me va a costar trabajo, pero como decía mi abuelo quién seguro ya recibió a mi pá: "Entre lo posible y lo imposible sólo media la palabra voluntad".
Hoy creo que estarán viéndome llorar mis papás y mi abuelo desde algún lugar al que algún día llegaré y podré decirles: Lo logré, viví feliz y sin ataduras.
Gracias por todo pá, lo bueno y lo malo, lo feliz y lo triste, lo mejor y lo peor, pero sobre todo por haberme dado la vida, haberme cuidado y educado y haberme enseñado que es lo que se debía hacer y lo que no.
Siempre te voy a tener en mi corazón y en mis pensamientos y estas lágrimas que se me salen mientras escribo esto y que se me han salido desde que te fuiste, no son sólo de dolor sino de orgullo de haberte conocido y de que hayas sido mi papá.
Hoy brindaré a tu salud con un JB mientras escucho a Pink Floyd y trato de asimilar que aunque estás lejos, siempre estarás junto a mí. No esperes que te vaya a poner flores al panteón, mejor me acordaré de tí sonriendo, pensando que ahora estás con mi mamá y ya nada ni nadie los va a poder separar.
Gracias pá.