No creo conocer un peor lugar que el hospital. De hecho ni un panteón me parece un lugar tan horrendo como el hospital. Lo digo como "el hospital" porque me refiero a todos. Al final ese olor que emana de él me repugna y me revuelve el estómago. Dicen que el olor es lo que más recuerdos nos trae, y en el caso del hospital no es la excepción. Hace casi un año (En 29 minutos se cumplirá el año) tuve que llevar a mi papá al hospital por segunda vez en mi vida. La primera vez fue hace mucho, aun estando en la facultad. Lo llevé pero afortunadamente salío bien después de algunos días y de nada grave. Sin embargo ese 29 de Mayo de 2008 la situación fue muy diferente. Mucha gente dice que el estarme atormentando por la muerte de mi papá no está bien, el psiquiatra al que voy me dice que tengo que enfrentarlo y yo estoy hecho un pendejo. Sin querer de repente me acordé de la primera noche que estuvo en el hospital hace un año, de la hora a la que regresé a mi casa a intentar dormir y la sensación permanente de incertidumbre que pesaba sobre su situación. Casi un mes después de haber sido internado le debieron hacer una tomografía y ahí apareció. Del tamaño de un huevo, a la mitad del pecho, desviando la tráquea. Un tumor, un maldito tumor. Ése fue el diagnóstico. Sólo para hacer la biopsia era necesario abrirle el pecho. Él, valientemente, habló conmigo y me explicó que no quería hacerse esa operación, que no quería pasar por un largo proceso sólo para saber si el tumor era maligno o no. No me atreví a contradecirlo. Finalmente estaba totalmente lúcido para poder decidir y aunque me doliera su decisión la respeté. Poco más de cuatro meses después de esa plática estaba en su funeral. El maldito resultó maligno.
Ahora, casi un año después de haberlo internado, pienso en cómo pudo haber sido todo. Es muy idealista pensar que la situación hubiera mejorado si se tomaba la biopsia o si se intentaba radiarlo. Tal vez, y quiero pensar que así fue, todo salió bien. Hoy podré dormir tranquilo sabiendo que él ya descansa, que ya no hay nada de que él tenga que preocuparse. No volveré a sentir esa incertidumbre espantosa ni a tener que soportar el repugnante olor a hospital. Lo aguanté, y lo haría de nuevo, sólo por él.
Desde aquí, a un minuto del año, te sigo recordando y te dejo una imagen que te hubiera encantado: los alpes suizos.
Shine on.
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